Desde hace algún tiempo vengo observando una corriente que, si bien no es mayoritaria, si está creciendo día a día. Me refiero a las personas que deciden dejar de interactuar en Redes Sociales. Usuarios que en su momento estuvieron activos ya sea en Facebook, Twitter o cualquier otra red y deciden rescatar sus datos y cerrar sus perfiles. Las cifras nos dicen que un 9% de los usuarios de internet entre 16 y 45 años nunca utilizada RR.SS. Solo en Facebook, el 15% de los perfiles están inactivos o sin actualizar desde hace mas de un año. En Google+, la cifra asciende hasta el 60%. (Fuente The Cocktail Analysis).
Trabajo en RR.SS. (si lo sé, es muy cool…) y desde que me percaté de esta tendencia he estado recabando opiniones y datos entre amigos y desde el trabajo de los motivos que llevan a esta desafección. La mayoría de las personas que están optando por “desconectarse” aducen razones que van desde lo filosófico a lo sociológico. Casi todos consideran que las RR.SS. suponen un riesgo para su privacidad y también es muy común que estén convencidos de que una excesiva interacción social vía internet suponga descuidar las relaciones, digamos presenciales. O incluso que devalúan el valor de las mismas. No tengo ningún interés en emitir juicios de valor sobre las prioridades de los demás pero creo que en la mayoría de los casos estas personas construyen sus afirmaciones de forma poco reflexiva y en ocasiones directamente equivocada. Pero antes de entrar en materia me van a permitir que me vaya un poco por las ramas.
Corría el año 1812 cuando en Inglaterra una parte del movimiento obrero se reunió en torno a un líder ficticio. Crearon a un personaje llamado Capitán Ludd para despistar a la policía y tenerla persiguiendo a un fantasma mientras ellos desarrollaban su ofensiva contra el peor enemigo de la clase trabajadora: las máquinas. Iniciaron una campaña de ataques contra fábricas, que no contra personas. Creían que la incipiente maquinaria industrial les quitaba el trabajo y realizaron diversos ataques y sabotajes. La historia del Ludismo, así se llamó a este movimiento, no solo es curiosa. Ejemplifica a la perfección como un mal análisis puede conducir a acciones equivocadas. Las máquinas son objetos inanimados, carecen de voluntad. No son buenas ni malas, simplemente son. Los Ludistas se equivocaron al identificar a su enemigo. La tecnología está al servicio de sus dueños y es a ellos a los que hay que exigirles responsabilidades. Culpar a una máquina de nuestros problemas no solo carece de sentido sino que nos aleja de conocer y por lo tanto paliar el autentico motivo de los mismos.
Al igual que los Ludistas, cometeremos un error si identificamos a las RR.SS como a un enemigo. Hay que profundizar mucho más. Tampoco son simplemente un nuevo canal de comunicación. No son inocuas. A nivel empresarial, ver esta nueva tecnología como una parte más que encuadrar en una estrategia de multicanalidad ya existente, nos llevará a sacar conclusiones inexactas. Este tipo de software lejos de ser simplemente un nuevo canal de información o una amenaza es toda una nueva forma de entender la comunicación. Hace años que estamos acostumbrados buscar online a una velocidad casi instantánea. También podemos enviar correo electrónico e incluso chatear en tiempo real. Pero esa tecnología (la web 1.0) carecía de la capacidad de interaccionar socialmente en tiempo real con una pluralidad de usuarios. Al menos de forma plena. Empresas como Twitter o Facebook han sido pioneras en crear herramientas específicamente diseñadas para la hiperconexión. Esta nueva realidad ha modificado nuestras vidas de forma muy profunda. El ejemplo más claro es la evolución del concepto de privacidad. Para la mayoría de las personas de la generación de mis padres es algo terrible que alguien en internet pueda saber que hacen constantemente o acceder a sus fotos personales. Sin embargo Instagram tiene más de 100 millones de usuarios.
Nos enfrentamos pues a un dilema. ¿Qué son las RR.SS? ¿Un instrumento de dominación cultural o un “lugar” donde expresarnos libremente? ¿Un peligro para nuestra privacidad o un nuevo paradigma de interacción social?
El “Ludismo de Redes Sociales” se cimenta sobre la idea equivocada de que la tecnología que hace posible el funcionamiento de sitios como Facebook o Twitter es intrínsecamente mala o en su defecto que las consecuencias de su utilización es perniciosa. Pero el problema no está en las RR.SS. como mecanismo de interacción social sino como producto de consumo. Vivimos en una sociedad muy diferente de la de principios del siglo XIX. El capitalismo continúa siendo una maquina eficiente de producción, como ya lo era hace un siglo. Pero el mundo y sus habitantes hemos cambiado. El nuevo capitalismo es una maquina anclada sobre el consumo en masa. Pero para poder ofrecer de manera ilimitada un catálogo de productos tentadores ha conseguido vender ficción. Lo que realmente pone en manos de millones de ávidos consumidores es trascendencia. El nuevo consumo se orienta a la adquisición de unos bienes que conlleven una plusvalía simbólica. Que eleven al consumidor un peldaño por encima de las demás abejas compradoras del panal y nos aporten exclusividad. A día de hoy lo que consumimos son símbolos reconocibles por los demás. Buscamos productos cuya imagen de marca se parezca a lo que queremos ser y de esta forma confiamos en que esas características se nos asocien por transferencia. Si Rolex es lujo y yo me compro un reloj de esta marca lo que obtengo es una manera sencilla de que cualquiera que me vea asocie a mí persona la imagen de alguien con dinero. De esta forma el cambio sociológico y de mentalidad que se produce es gigantesco. Pasando de un capitalismo filo-esclavista donde los obreros solamente eran mano de obra al “Love Mark”. “Lo que busca el nuevo capitalismo no es hacerse temer, sino querer”(Verdú, Vicente [2006] “El estilo del mundo, la vida en el capitalismo de ficción”, Barcelona, Anagrama). En la sociedad actual este consumo de la trascendencia ha facilitado toda una nueva visión de la vida sustentada en figuras ficticias. Al contrario que la simple adquisición de un producto que objetivamente se necesita, en este nuevo capitalismo las necesidades a cubrir son distintas. Resulta evidente que existen necesidades vitales que cubrir tales como alimentarse, o el acceso a una cobertura médica, pero por encima de ellas el objetivo actual es alimentar otra parte de nosotros, nuestras necesidades de reconocimiento y autoafirmación. Es por este motivo que las Redes Sociales han cambiado de forma tan rápida y profunda el mundo. Han venido a cimentar nuestra necesidad de exponernos para ser reconocidos como seres únicos y especiales, aunque también como individuos sociales e integrados.
El consumo acrítico es extraordinariamente nocivo en todos los casos pero si hablamos de RR.SS. especialmente. Esta nueva tecnología se sustenta por una suerte de hilo de entropía. Subo información y recibo información. Debemos plantearnos siempre que parte de nosotros mismos dejamos ver a aquellos cuyo negocio es vendernos felicidad. Del mismo modo toda la información que recibimos debe ser filtrada por el tamiz de una postura crítica.
Un libro carece de peligro un Red Social no. Un libro no deja de ser la opinión envasada de otra persona. Podemos cerrarlo o simplemente no hacerle caso. Quien se pone en contacto con nosotros a través de una Red Social sabe quién somos y por tanto su capacidad de influencia será más sutil, más profunda y más peligrosa. Pero no solo en el exterior están los peligros. Como hemos dicho antes somos individuos gregarios y las RR.SS. nos sirven como escaparate para sentirnos parte de un cuerpo social. Hemos de tener en cuenta que esta hiperconexión sumada a la ausencia de reflexión pueden crear una cultura de la imitación masiva como mecanismo de pertenencia. Corremos el riesgo de perdernos a nosotros mismos. Hemos de educarnos en este nuevo paradigma para sortear los peligros existentes y poder disfrutar de los enormes beneficios que se nos plantean.
Esta nueva realidad nos está permitiendo vivir un tiempo inédito en la historia de la humanidad. Nunca antes el flujo de la información fue tan veloz, tan sencillo y tan masivo. Jamás hasta ahora había sido tan fácil intercambiar ideas, puntos de vistas, intereses o simplemente tonterías divertidas.
Hay una definición que, personalmente, me gusta mucho. Es aquella que dice que el poder es la voluntad y capacidad de dominación que podemos ejercer sobre otras personas. Asumiendo esta (magnífica) premisa resulta indiscutible que las RR.SS. han democratizado el poder. La capacidad de ser libre reside en gran medida en la información de que disponemos. Cuanto más y más rápido sepamos, más libremente podremos decidir nuestras acciones. ¿Cómo transformar entonces las RR.SS. en un instrumento de emancipación? Sencillo. Tenemos que politizar nuestro consumo. Uso el término politizar por que es el que mejor define lo que quiero decir. No estoy hablando de partidos y parlamentos sino de optar por una postura crítica que no huya de los conflictos. Que los asuma y nos ayude a decidir cómo queremos relacionarnos con el mundo en este nuevo siglo donde la instantaneidad global será tan parte de nuestras vidas como el café de la mañana. Es así como solventaremos los riesgos (que si, existen) para valernos de la tecnología como parte de lo que significará ser libre en el siglo XXI. De esta forma conseguiremos que las RR.SS. devengan en una potente arma que nos permita leer y comparar en tiempo real incontables posturas. Ver y ser vistos. Es nuestra labor y nuestra responsabilidad el investigar y profundizar antes de asumir como propia una cosmovisión que en realidad no nos pertenece. Llevará tiempo y muchas veces será complicado pero el que dijo que la libertad era una meta a la que llegar para luego echarse a dormir, mentía.