Allí estaba, tumbado en la camilla esperando a que Rocío, la doctora, entrara por  la puerta  para comenzar la intervención. Me encontraba más nervioso de lo habitual, tal vez incluso un poco asustado. Con esta ya suman unas cuantas visitas al dentista, y la repetición suele acabar siendo molesta  y más cuando el dolor suele tener  un papel recurrente aunque este sea del todo soportable.

Este era el momento tan esperado después de tantas idas y venidas… por fin el implante sería incrustado en mi encía, unos pocos centímetros de titanio atornillados y listo.

Al ser una operación quirúrgica, Rocío llevaba esta vez un gorro tipo cirujano al que sumaba una mascarilla y unas gafas cerradas, lo cual no inducia a la calma.

Comienza con la anestesia, una pequeña punción  en la parte superior de la encía, y siempre con extrema lentitud y cuidado, casi imperceptible, –Voy con mucho cuidado, despacito, si sientes dolor me avisas ¿Vale?– asiento débilmente con la cabeza. Siento como la fina aguja se abre paso a través de la piel e inunda de líquido sedante todo el tejido.

Rocío y Laura

 

Casi me gusta esta sensación. Tal vez la anestesia tenga un poder más sedante en mí y a veces percibo como se adormecen plácidamente todos mis sentidos y  consigo abstraerme incluso en plena intervención. Me pierdo en el reflejo del foco que ilumina mi boca y percibo sólo la mitad de mi rostro… consigo poner la mente  en blanco aunque Rocío y Laura, la ayudante,  estén en plena intervención. Es una sensación parecida a la que se obtiene cuando estás corriendo y has superado ya algunos kilómetros, la mente deja de molestar y el cuerpo sólo hace lo que tiene que hacer, en esos momentos se haya el descanso real. La mente ha desaparecido y con ella los miles de murmullos que nos persiguen sin cesar.

Pero de repente algo me sobresalta, otra punción, inesperada; atraviesa el hueco desde el centro, abriéndose paso a través de la herida y llegando hasta el hueso. Inevitablemente trato de apartarme con un movimiento reflejo.

No, no, no, tranquilo. Claro, no estás acostumbrado a este tipo de punción, te ha cogido por sorpresa– Comprensivamente me dice Rocío mientras su mano derecha me da dos palmaditas en el pecho. Por supuesto; se le olvidó avisarme a propósito en uno de esos mágicos trucos que a veces hacen los médicos cuando saben que van a infligir un gran dolor al paciente. Se lo agradecí.

Con el movimiento, una de las gotas de la anestesia cayó en el final de mi lengua y pude saborear su amargor mientras se desplazaba rodando hacia mi garganta hasta desaparecer en un filo hilo.

Esperamos José Manuel a que termine de hacer efecto la anestesia y empezamos. Ya verás que en cosa de 20 minutos hemos terminado.

Rocío salió de la sala, y disfrute por unos instantes de la soledad del paciente… y me acordé de ti.

Volvió a entrar Rocío con su amable sonrisa, esta vez acompañada por Laura  –¿Vas bien?– y asentí con la cabeza e intenté que mis ojos mostraran simpatía a pesar de los nervios y la anestesia.

Momentos antes le mostré mi preocupación y le pedí que fuese especialmente cuidadosa. Comenzaron, y como siempre empecé a fijarme en sus atentas miradas. Los ojos verdes de Rocío se hallaban sobre mi premolar derecho, a veces los entreabre  como queriendo obtener mayor definición de lo que está viendo. El gorro y la mascarilla me obligan a centrar la atención en su mirada, y me percato del misterio que la otorgan. Laura sin embargo está más atenta a la parte inferior de mi boca para facilitar lo máximo posible a Rocío su tarea.

Comienzan a bromear y hablar más de lo habitual… malo. Sé que tratáis de distraerme.

Le restan importancia en exceso a la intervención y Rocío va explicándome paso a paso en lo que va a consistir y lo que hace en cada momento y el por qué lo hace.

Igual de efectivas son sus palabras que sus actos y comienzo a sentir como introduce el implante tras haber limpiado la zona. Exactamente igual que  un tornillo siento como poco a poco la encía es taladrada, trato de imaginar tanto el aparato como la técnica que utiliza Rocío. La sensación es lenta pero la presión sobre el hueso se va acentuando… no es agradable, no. Pero no hay dolor… puedo comenzar a abstraerme. Dirijo la mirada al foco y me pierdo en el blanco completamente ajeno a la circunstancia, a Rocío y a Laura.

Y en el silencio de mi mente descanso también mis ojos, la presión arterial disminuye y los músculos se adormecen, mis piernas se relajan y abandono la tensa postura que vestida de tranquilidad poseía hace tan sólo unos instantes.

Me pierdo en las imágenes que proyecta mi mente, en los colores tenues pero luminosos que se desplazan a través de mis nervios ópticos. Deseo abandonar la realidad y perderme en el blanco cegador, huir de esos instantes de tensión y de lucha.

La visita al dentista sólo es una de tantas, la lucha es otra cosa. La lucha es simular que todo va bien, el esfuerzo de la sonrisa sobre el llanto. La tensión de los músculos para evitar que las rodillas se doblen y den con el barro. La serena percepción de que la vida es como es y hay que sobrellevarla aceptando la felicidad y el dolor, la victoria y la derrota y que todo es susceptible de escaparse de entre las manos.

La lucha es evitar que el recuerdo y la melancolía lo cubran todo con una niebla espesa y desalentadora que nos impida ver el camino. Y uno no puede permitirse el lujo de saborear las delicias de la niebla, ya que se corre el riesgo de quedar atrapado en ella y no encontrar el camino de vuelta o el camino de salida.

Perdido en una dulce espiral mental de cálidas sensaciones consigo evadirme del exterior, del taladro y la presión. Pero entristezco, y mi mirada queda perpleja en el foco, sin vida… distante… mientras Rocío y Laura siguen trabajando y manejando con habilidad una conversación liviana en la que mi otro yo está activo. Respondiendo, asintiendo, incluso riendo dentro de las posibilidades del momento. Escudando a la perfección a mi yo interior, al que de verdad maneja los hilos, el que ve detrás de las primeras capas, ese otro yo que analiza y siente y que ahora se está permitiendo unas vacaciones, unos instantes de debilidad y abandono. Mi yo social es un cabrón infalible propio de un espía  o el más hábil jugador de póker.

Pero el blanco y la tristeza se hacen más fuertes… y como un soplo  de aire fresco apareciste tú. Con esa enorme y transparente sonrisa… como en la fotografía que buscan mis ojos constantemente a pesar de la conversación o el momento… Porqué ni aunque quiera puedo escapar de tu mirada en esa fotografía o cualquier otra.

Me miras fijamente y tus cabellos revolotean delicadamente con la brisa tan agradable que traes hasta mi yo interior, me fijo en cómo se mueven y resplandecen tus rizos respondiendo a los reflejos de un sol dorado que no llego a situar.

Tus ojos brillan y están llenos de amor… amor… y protección. Vienes de nuevo a darme tu calor, a calentar mis manos como la última vez. Tu gesto es tan claro y noble, tan limpio… que todo el vello de mi cuerpo se eriza al instante poniendo en serios apuros a mi yo social, ese que tiene que remontar la situación como buenamente puede ante Roció y Laura.

Después, suave como un suspiro, tu voz llega hasta mi. Con el mismo tono y color que siempre…

Tranquilo cariño, no tengas miedo. Estoy contigo, siempre estoy contigo. Te quiero Yusepe.

Casi puedo sentir tu mano sobre la mía… me sobresalto, necesito coger más aire… Mi yo social está desbordado, ha perdido completamente la batalla. Una lágrima discurre furtiva desde mi ojo derecho tras el parpado y resbala delatoramente por mi mejilla.

– ¿Estás bien José Manuel? ¿Paro? De verdad, no hay por qué sufrir. Siempre podemos poner un poco más de anestesia– Me mira preocupada Rocío con sus intrigantes ojos verdes.

Niego débilmente con la cabeza, y levanto el brazo derecho lentamente  con el pulgar en alto.

– ¿Seguimos? Ya sabes, cualquier molestia me lo dices y paramos. No queda nada ya, y la cirugía está siendo un éxito. La encía está suuuuper bien y no será necesario usar el hueso sintético. Fenomenal José Manuel.

Sigo sintiendo tu aliento durante los próximos 5 minutos.  Con mi yo social más reforzado y dispuesto a no bajar la guardia, prosigo y atiendo a las bromas de Rocío y Laura.

Bueno José Manuel… pues hemos terminado, puedes enjuagarte ¿A que ha sido menos de lo que esperabas?

Mejor no te contesto a eso pienso para mis adentros. Como siempre,  muy cariñosamente Rocío me despide y me explica con minuciosidad como debo de proceder tras la intervención. Poco más tarde es Laura quien me cita para el próximo día y finalmente me despide. Soy el último paciente. Me acompaña hasta la puerta y al abrir comprobamos que está lloviendo a mares. Persuado a Laura de que busque un paraguas para mi –No te preocupes, vivo aquí al lado y tengo capucha. Iré corriendo hasta casa–.

Me adentro en la lluvia y dejo atrás la clínica. La lluvia termina de romper el hechizo en el que me encontraba, tardo tan sólo unos segundos en llegar hasta el portal. Pero es lo suficiente como para empaparme entero y conmigo el papel con las instrucciones escritas…

Me enfado, la mente vuelve a trabajar y miles de pensamientos me asaltan. Golpeo torpemente al aire y trato de sacudir el papel que ya está completamente endeble. Pienso, pienso, pienso, pienso… recuerdo, recuerdo, recuerdo, recuerdo… noto la presión en la encía mientras un leve pinchazo me golpea. Sostengo la bolsa con hielo pegada fuertemente contra mi mejilla y pienso en que… dentro de unos días será mi cumpleaños. Mi primer cumpleaños sin ti…

Después recuerdo que más tarde será mi boda… y que tu estarás… pero no como me imaginaba que estarías. Sé que ese día mis ojos buscaran los tuyos en una fotografía… No dejaré de mirarlos mientras hablo con la gente, mientras sonrío, mientras bailo, mientras respiro, mientras amo… mis ojos buscaran los tuyos y anhelaran el momento en que volvamos a vernos.

lluvia

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