CDxpxjdWEAQoq4GCuenta la historia, o la leyenda (hay que ver la cantidad de veces en las que ambos conceptos son indistinguibles) que el presidente Roosevelt dijo en una ocasión, refiriéndose al dictador nicaragüense Anastasio Somoza “Es posible que sea un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta”. La sentencia es una genialidad por que resume con lucidez una realidad que todos hemos vivido. ¿Quién no tiene un amigo que cuando se emborracha se convierte en un patán? ¿Quién no ha sufrido por un familiar un poco impresentable o por ese compañero de trabajo que curra como un campeón pero es un borde? Todos tenemos a nuestros hijos de puta, imperfectos pero útiles y queridos. En política estas relaciones se repiten constantemente. En un mundo complejo y despiadado pretender no mancharte las manos refleja infantilismo, no bondad. Lo siento por aquellos que esperen de este blog artículos con listas estúpidas o reflexiones propias de quinceañeros, aquí nos van las drogas duras, aquí nos pone la geopolítica.

Todos los sistemas cultivan este tipo de relaciones y además, son necesarias. Si alguien tiene dudas que pregunte en Siria. Aunque tampoco hay que irse tan lejos, podemos preguntarle a Juan Carlos de Borbón el motivo de su afecto por sátrapas varios de oriente medio. Es divertido ver como a todo el mundo le molestan los hijos de puta ajenos, pero no tiene problema alguno con los propios. A Estados Unidos le jode Siria pero no Palestina y a Rusia le escuece Ucrania mientras bloquea la condena en la ONU de la matanza de Srebrenica. El PP, que tiene una enfermiza fijación por el gobierno de Venezuela, firma al mismo tiempo acuerdos de colaboración con el Partido Comunista Chino. Mientras que el PSOE, ahondando en su proceso de conversión en el “Partido Bipolar Obrero Español”, se preocupa por la democracia en América Latina mientras olvida su silencio durante el golpe de estado de Honduras en 2009. No tengo la más mínima intención de ponerme a repartir carnets de pureza, más bien al contrario. Acéptenme un consejo, si encuentran a un político con menos de cinco contradicciones internas salgan huyendo lo más rápido que puedan, estarán ante un fanático peligroso. Debemos empezar a ser conscientes de que esperar o exigir la pureza sin mácula no solo es una actitud estúpida sino profundamente tramposa. Quien quiere vender esa expectativa solo busca desmovilizar. Si alguien te hace creer que debes exigir la perfección significa que te quiere lejos. Si todos son igual de malos no hay esperanza y la elección entre opciones políticas solo puede estar sustentada en sentimientos, mucho más manipulables que los razonamientos fríos. Juguemos un poco a decirnos las verdades: Hay ocasiones en que el mal menor es la única opción. Hay veces en que apoyar a alguien imperfecto te permite frenar a alguien malévolo. En política, como en la vida, no es lo mismo ser un cabrón que ser un puto cabrón. Por eso puedo decir sin tapujos ni vergüenza que puede que Pablo Iglesias sea un hijo de puta, pero es mi hijo de puta.

Porque ni me convence al cien por cien ni aspiro a que lo haga. Es más, hay un buen número de cuestiones en las que estoy en desacuerdo. Algunas de sus decisiones de los últimos meses me parecen directamente erróneas pero, como decía antes, no soy un adolescente híper hormonado en busca de su media naranja. No quiero ni princesas de cuento, ni príncipes azules, yo lo que quiero es un cambio de gobierno que mire a la izquierda, no desde la superioridad moral del eterno derrotado, si no desde el dolor de un pueblo destruido que necesita un nuevo impulso para encontrarse a sí mismo y para recuperar su dignidad. Pablo Iglesias ha sacado de un marasmo de casi 40 años a la política española y por primera vez en mi vida (tengo 32 años) siento que mi próximo voto puede ayudar a cambiar a mejor este país. ¿Y sabéis que? Me jode la nueva suavidad de formas de Pablo Iglesias. Igual que me joden algunas rectificaciones. Me revienta que ese mensaje “complejizado” de los primeros tiempos de Podemos se haya rebajado perdiendo por el camino gran parte de esa mordiente refrescante que no nos trataba por tontos. Pero ni olvido, ni quiero olvidar que antes de su irrupción en este país no se hablaba de política, se hablaba en el mejor de los casos, de politiqueo. Estoy harto de sentirme muy puro y muy digno mientras PP y PSOE me follan en turnos alternos. No quiero la falsa dignidad del derrotado, esa ya la conozco bien, yo lo que quiero es ganar. Se miente quien no sea capaz de ver que Podemos ha abierto un camino de cambio que nadie había conseguido hacer transitable en este país desde hace décadas. Y sobre todo, se miente todo aquel que confié en que una situación en la que Podemos no esté por encima del PSOE va a producir cambio alguno.

Alessandro Manzoni escribió “Es menos malo agitarse en la duda, que descansar en el error”. Lo realmente valioso de albergar dudas en política es que te mantienen atento y vigilante. A España le habría ido mejor en los últimos tiempos si en lugar de jugar a ser fans descerebrados o cínicos consentidores todos hubiésemos apostado por una opción sustentada no en irreales amores adolescentes sino en posturas críticas y vigilantes. Si todos hubiésemos elegido a nuestro hijo de puta y como tal lo hubiésemos fiscalizado.

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1 comment

Celia Sánchez Dominguez

Estupendo,sincero e inteligente reflexión!!! Felicidades Alf.

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